175 kilómetros en la Carretera del Sol

Por fin mis amigos y yo nos habíamos puesto de acuerdo en fechas, horas, destinos y todo. Ese día nos íbamos a la playa. Dispuestos a disfrutar del calor del Pacífico y de una que otra cervecita, nos subimos todos a la camioneta; maletas, bocinas y hasta las aletas y el snorquel, todo estaba empacado. Listos para disfrutar del viaje emprendimos nuestro trayecto por la Carretera del Sol.

Recorrimos nuestra ruta y entre curvas y risas pasamos por Cuernavaca, aún muy cerca del DF; todavía nos faltaban 292 kilómetros para llegar a la playa. Saliendo de la ciudad pasamos por una gasolinera y decidí -desafortunadamente iba manejando yo- que “sí llegábamos” a la siguiente gasolinera. Seguramente acostumbrado a las carreteras más cercanas a la Ciudad de México, donde hay una estación cada 5 o 10 kilómetros. ¡Ah, cómo me iba a arrepentir de no haber cargado gasolina JUSTO en esa gasolinera! ¿Quién hubiera adivinado que esa sería la última que veríamos por varias horas?

La aventura en la carretera siguió y verdaderamente se pasó volando. Eventualmente vi el medidor de gasolina de la camioneta y estábamos cerca (aún cerca) de llegar a la reserva. Nos ha de quedar combustible como para 20 kilómetros, pensé; próxima gasolinera y ahora sí, sin duda me detengo. La charla con los amigos siguió, y la larga carretera también.

¡Terror, el foquito de la gasolina ya lleva parpadeando un tiempo considerable!, ahora sí es inminente buscar combustible. Ya no debe de faltar mucho, la última estación la vi pasandito Cuernavaca y ya llevamos más de una hora de camino. Una de las carreteras más importantes del país debe de tener estaciones de servicio muy frecuentemente.

Puente en la carretera México - Acapulco
Puente en la carretera México – Acapulco

En medio de la calurosa carretera, ya nos habíamos quedado prácticamente sin gasolina. Si la camioneta se seguía moviendo era gracias al vapor que le quedaba en el tanque y a que llevábamos un largo trayecto con el aire acondicionado apagado, ventanas cerradas y de vuelito, cada vez que era posible. Nos estábamos asando con el sol a todo lo que daba, pero era mayor la preocupación de que se apagara la camioneta y tener que buscar auxilio en una zona que no se distingue por su seguridad. ¡Tiene que aparecer una gas en el camino!

Por fin, a lo lejos, el letrero de “Prepare su cuota”. Excelente, se acerca una caseta y de seguro ahí habrá combustible -y de paso un baño, los nervios ya me tenían de punta. Habíamos recorrido ya varios kilómetros en los que la aguja del medidor había llegado a su límite inferior; ahora sí ya no tenemos ni una gota. Nos acercamos a pagar nuestro peaje y pregunté a la señorita que nos cobraba sobre la próxima gasolinera. Ella, con ojos de lástima, pero una sonrisa un tanto maliciosa nos dijo “Uyyyyy no, pues ahora sí que hasta llegar a Chilpancingo. Les faltan como cien kilómetros y son de subidita“. ¡Tiene que haber alguna opción!. Es más, pensé, llámenos de una vez a una grúa, no hay forma en la que esta camioneta recorra dos kilómetros más.

Gracias a uno de nuestros modernos celulares pudimos ver en mapa que efectivamente, nuestras opciones no eran muchas y no eran muy favorables: o regresábamos a esa maldita gasolinera que decidí brincar cerca de Cuernavaca, o nos desviábamos casi 50 kilómetros hacia Iguala (?) o nos aventábamos la subidita de Chilpancingo y a ver hasta dónde llegamos.¡No puede ser! las tres son pésimas opciones, estoy seguro de que no llegaremos. Ni los 50 kilómetros rumbo a Iguala podremos recorrer. ¡Señorita, ¿qué podemos hacer? ya no llegamos ni a la esquina!.

Caseta de Paso Morelos, cerca del límite entre Guerrero y Morelos sobre la carretera del Sol
Caseta de Paso Morelos, cerca del límite entre Guerrero y Morelos sobre la carretera del Sol

Como siempre, donde hay una situación de crisis recurrente está también la oportunidad de un negocio ventajoso. La señorita me dijo, con la misma sonrisa maliciosa con la que nos cobró nuestro peaje, que ahí me podían vender un poquito, “sólo para llegar a Chilpancingo”. Es evidente que ese mismo problema lo sufrimos cientos de vehículos diariamente, pues ya tienen armado todo un sistema de recarga de gasolina.

Con los diez carísimos litros que nos cargaron de gasolina, ni dejó de parpadear el foquito de la camioneta (aunque la aguja del medidor sí se despegó milimétricamente de su límite inferior), pero el respiro de saber que algo le habíamos puesto y de paso, el respiro de haber hecho una “escala técnica” en el sanitario,  hicieron que el resto del trayecto fuera mucho más tranquilo.

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