La Locura de Doña Clotilda

Han de conocer a Doña Clotilda, una señora de edad un tanto avanzada, que está perdiendo la cordura. Tranquila y recatada, propia y siempre correcta, ella acaba de hacer un cambio radical en su vida: se acaba de cambiar de casa. En búsqueda de su tan anhelada tranquilidad, ella encontró su propio lugar de descanso en un edificio cercano al centro de la Ciudad de México. Eligió, desesperada más por el ruido de los camiones y del barullo de la calle, un departamento en una de las partes más altas del edificio. ¡Por fin lo logré! pensó el día de su mudanza, ahora sí logré vencer el ruido de tan bulliciosa ciudad.
Felizmente, Doña Clotilda se disponía a dormir en su primer día en su nuevo hogar y a descansar de tan agobiante ciudad. Con sus pantuflas y su pijama, se metió a las cobijas de un salto; era aún temprano, pero ¿a quién le importa? ella ya quería descansar. Esa noche, ya entrada profundamente en su sueño, escuchó por primera vez lo que sería el principio de su pesadilla, el motivo de su locura.
Un estruendo agudo empezó a retumbar en su tímpano. Es imposible que esté despierta -pensó entre sueños- un ruido tan desagradable tiene que ser una pesadilla. Eso es indescriptible. ¡Pobre Doña Clotilda!, saltó del susto de su cama sólo para darse cuenta que esos desagradables chirridos seguían y provenían de su ventana. ¿Qué clase de criatura hace unos ruidos tan molestos, tan altos y tan intempestivos a estas horas de la noche? Temerosa se asomó por la ventana, esperando encontrar una enorme máquina o un horrible animal haciendo estos estruendos infernales. Sonaba casi como si estuvieran desollando a un gato, o el berrinche de un recién nacido.
Lentamente fue abriendo sus persianas para llevarse una de las más desagradables sorpresas: ese ruido ¡lo estaba haciendo un humano! No era nadie más que su nuevo vecino.
Pobre señora, qué forma tan más desagradable de conocer a su vecino. Qué persona tan más ruidosa e inconsciente que a estas horas está haciendo semejante escándalo.
Molesta, por haber sido despertada de su apacible sueño, decidió hacerle un delicado gesto al imprudente sujeto. ¡Cállate por favor, que yo tengo que dormir! Hoy es uno de esos pocos días que no me pegó el insomnio y tú estás haciendo tu escándalo. Golpeó, con sus suaves y delicadas manos, la ventana del vecino, para que le prestara atención. ¡Por favor apaga tan infernal estruendo!
El vecino, inconsciente y desconsiderado, algo le contestó, pero a Doña Clotilda no le importaba, ella sólo quería dormir. “Estoy en mi clase de violín”, dijo el muchacho. “No es tan tarde”.
Esa noche, la pálida y ojerosa mujer padeció la primera de varias noches que serían su tortura. ¡Ese ruido que produces con tus bestiales garras no es música!, ¡Esos alaridos no son el sonido de un violín!
La pesadilla siguió. El vecino, más para callar a Doña Clotilda que en realidad buscando que ella pudiera conciliar el sueño, entrecerró la ventana, pero pese a ello, desde su habitación se seguía escuchando el estruendo que producían el rasguido de las cuerdas del violín. De repente más agudo, a momentos más grave. Fuerte, débil, el sonido no paraba. El vecino se sentía interpretando a Bach, luego a Debussy, y luego a alguien más; lo único que ella escuchaba era algo similar al llanto de una langosta cociéndose lentamente en agua.
Por fin, luego de largos minutos de espera, el sujeto se cansó de seguir atormentándola. Por fin la pesadilla llegaba a su fin. Siendo las 10 de la noche, por fin la dama podría disfrutar del silencio de su habitación.

Doña Clotilda, con un intenso dolor de cabeza, seguía sintiendo sus oídos retumbar. ¡Cuándo compré este departamento, no me advirtieron que mi vecino sería Rafael Prieto!

La locura de Doña Clotilda
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