Al jefe, con cariño

En mi vida he tenido tres jefes, dos de ellos mujeres. La primera de ellas, Gaby, fue toda una experiencia. Me encantó trabajar con ella: joven, dinámica, activa, emprendedora y luchona. Muy movida, escucharla hablar en una junta era admirable, siempre con ideas y con propuestas. Yo iba a penas saliendo de la carrera y me sentí sumamente satisfecho de trabajar ahí. De cierta manera, tuve una sensación de que ella era una maestra más y que seguía en un semestre del ITAM. “De seguro es por que voy saliendo de la carrera”, pensé. Es una figura de la cual estoy aprendiendo, y es toda una autoridad, por lo que, confundirla con una maestra, no es raro.

Ahora, tres años después de haber tenido aquella jefaza, dejé mi segundo trabajo. Dejé a mi equipo, mis proyectos, mi oficina… y a mi jefe. Tres años de trabajar con él, un señor de 50+ años, que ha trabajado en el gobierno desde antes de que yo naciera entrara a la primaria. Fue una verdadera aventura: defensor de la izquierda, de la CNTE y del petróleo, nuestras reuniones se podían convertir en “acaloradas” discusiones políticas y filosóficas. Sumamente culto y leído, te podía argumentar con un libro, un dato o hasta un columnista de La Jornada. ¡Cómo extrañaré nuestras pláticas! La junta de staff se podía convertir en dos horas de charla sobre lo opresiva de la Reforma Laboral.

Ahora, que dejé mi trabajo, no deja de sorprenderme lo mucho que aprendí con él. Fue muy satisfactorio trabajar con una persona comprometida con la ciudad, con el gobierno y con la sociedad. Nunca lo escuché quejarse de las 70 horas que cada semana le dedicaba a su trabajo, aunque sí lo escuché quejarse de los empleados poco comprometidos, de los godínez y de los corruptos.

Siempre tenía su puerta abierta para el que quisiera hablar con él: de todas las áreas acudían para recibir sus consejos, incluso de otras dependencias. Aprendí tanto, especialmente sobre calidez humana, que no era raro, en mi cabeza, referirme a él como “profesor”;  sentirme en un semetre más de la carrera.

Al jefe, Alejandro, con cariño
Al jefe, Alejandro, con cariño

Siempre creí que esa urgencia por decirle “profe” a mi jefe se iría pasando con el tiempo, pero no lo fue. Ahora que lo pienso, triste será el día que tenga un jefe que sólo sea eso, un jefe y no un profesor.

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