Día 44: Siempre voltea a ver el cielo

Ahora, otra vez de viaje, estoy en Glasgow. Aún no he visto en un mapa, pero creo que es la vez que más al Norte he estado.
Cuando alguien viaja a algún lugar, además de razones personales, como visitar a alguien, tiene dos motivos: para ver lo que ha hecho el hombre en ese lugar o para ver lo que ha hecho la naturaleza. Por eso, cuando vas a París, no vas por que el Sena sea bonito, sino que vas a ver la Torre, los cafés, los museos y palacios. Si te vas a acampar, vas por la naturaleza, no por que te encante dormir a la intemperie. Incluso existen lugares con un poco de los dos, como la Riviera Maya o Río de Janeiro.
Cuando venía de camino a Glasgow, pensé que vendría a ver lo hecho por los escoceses: una vieja universidad, la catedral, un museo.
Caminando por alguna de las calles de la ciudad, batallaba yo con el intenso frío que sentía en manos, piernas, espalda y batallaba aún más con la helada lluvia que caía (dicen que el clima de Escocia es como un obra de Vivaldi: te puedes echar las cuatro estaciones en sólo dos horas) por lo que, para evitar sentir la molesta lluvia en mi cara, y para evitar que se mojaran mis lentes, iba caminando con la mirada hacia abajo.
De pronto, algo percibí diferente, volteé hacia el cielo y entonces lo vi. Era el arcoiris más grande y brillante que alguna vez he visto. Estaba tan cerca de mi que podía ver claramente todos los colores, como un espectáculo sólo para mi. Lo vi, pero no lo podía creer, hasta una sensación de calor me generaba. A sólo una o dos cuadras empezaba, y de haber sido un poco supersticioso, hasta hubiera corrido por mi olla llena de oro.
No me moví; me quedé viendo ese espectáculo hasta el último momento. Era algo impresionante ver cómo el cielo se partía en dos tonalidades de azul (gris) por este arco de colores que, tristemente, de pronto desapareció. El cielo otra vez era monocromático. Sencillamente es una de las mejores experiencias que he tenido; me emocionó tanto que varias lágrimas rodaban por mis ojos, sin que yo siquiera me diera cuenta.
Creo que en total duró como un minuto, el cual fue suficiente para realmente disfrutarlo. Tomé algunas fotos, que estoy seguro no se comparan con mi experiencia de hoy.
Mi única reflexión (metáfora) de este gran momento: siempre voltea a ver el cielo; no vaya a ser que esté pasando algo maravilloso y tu sigas viendo al piso y quejándote de la lluvia.

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El resto de mi experiencia en Glasgow lo escribiré en el día 45, ya que aún me faltan lugares por explorar.

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