Mi maldita memoria

De adolescente siempre decía que si pudiera cambiar algo de mi sería mi voz. Me hubiera encantado ser un famoso cantante y dedicarme a la música, tener mi propio grupo y hasta componer mis canciones. Claro que sólo era un sueño, producto de la inmadurez y de la imagen que proyectan los pocos músicos que logran tener éxito. Conforme han ido pasando los años, ahora estoy convencido de que si pudiera cambiar alguna de mis características sería mi memoria. Considero, por cierto, que tengo bastante buena memoria y con facilidad puedo recordar acontecimientos importantes, fechas y hasta números y fórmulas. El problema es que la memoria que tengo no es suficiente. La más grande maldición del hombre es que está condenado a olvidar. 

La memoria es como un músculo que puedes ejercitar, de eso no me queda duda, sin embargo, no es posible recordarlo todo y el problema es que mientras más pasa el tiempo, más cosas tienes que archivar. Ahora veo mi memoria como una caja en la que, tristemente, cada vez que entra un recuerdo, otro tiene que salir y esa idea, que se va, se borra silenciosamente de tu cerebro. Vamos tirando diariamente cientos de situaciones y momentos que vivimos, que pasan de nuestra memoria al conjunto de millones de experiencias que algún día vivimos, pero ya se nos olvidaron.

¡Qué lástima es aceptar mi propia condena! Algún día mi profesor de historia me obligó a aprender y memorizar el nombre y orden de los trece emperadores aztecas, y hoy sólo me acuerdo de dos. Pude repetir la tabla periódica de los elementos, grupo por grupo, y hoy no paso de los gases nobles. Sólo una vez en mi vida me he aprendido un poema de memoria y hoy: “…pobres pájaros, mamá”. Difícilmente podría decir con certeza qué comí en cada una de las comidas de la semana pasada. Lo cierto es que saber de memoria el nombre de los emperadores aztecas o los elementos de la tabla periódica no sirve de mucho más que para ganar algunos juegos de mesa. Son las emociones y depresiones, las alegrías y las tristezas las que inevitablemente se van borrando y que es una lástima no podernos quedarnos con todos esos recuerdos.

Cambiar mi voz -por que de verdad, aunque me cueste aceptarlo, el canto no es lo mío- era sólo una ilusión, como sacarme la lotería, pero tener una memoria ilimitada es una aspiración, reflejo de que me encantaría repetir las historias que estoy viviendo, una y otra vez. Revivir el día en el que les dije, el día en el que que me fui, el día en el que llegué, y el día en el que escribo estas líneas. Y aunque es sólo una pequeña -y tal vez hasta sesgada- representación, algún día cuando sea grande, escucharé la música que escucho en estos días, veré las fotos que tomo en estos momentos y leeré con gusto al joven que escribe estas líneas, aferrándose a su presente, pidiéndole a su memoria que no se olvide de los maravillosos años que hasta ahora ha vivido.

Maldita memoria
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