Días 218 a 238: Los exámenes

En realidad no odio los exámenes, creo que son parte del aprendizaje, diseñados para motivarte a estudiar y a prepararte para responder cierto tipo de preguntas. Te empujan a memorizar ciertos datos y a repasar alguna que otra fórmula. Lo cierto es que es necesaria una medida del nivel de aprendizaje del alumno, que le refleje a la escuela si el estudiante ha hecho un buen trabajo, pero que también le muestre al alumno si entendió el curso al que estuvo inscrito. Pese a todo ello, estos últimos 20 días han sido, por mucho, los más arduos, duros y presionados de mi estancia en Londres: la temporada de exámenes.

Desde la misma presentación de los exámenes, para evitar que los maestros califiquen mejor o peor según el alumno, todo se hace a través de una clave y una credencial especial que te llega por correo. De ninguna manera puedes poner tu nombre en las hojas o quedas reprobado. Todo se maneja con esa clave y el departamento de evaluaciones de la escuela se encarga de asignar las calificaciones y las claves.

Los exámenes no se presentan en un salón regular, sino en algún aula especial, incluso fuera de la misma universidad, como en algún teatro o algún gran gimnasio. Al mismo tiempo presentan cerca de cien personas algún examen, y mezclan al mismo tiempo diferentes materias, por lo que, las personas que se sientan a tu lado tienen preguntas completamente diferentes a las tuyas. Con meses de anticipación están asignadas las aulas e incluso la banca en la que presentarás tu prueba.

Sala de exámenes de alguna mi universidad en Londres
Sala de exámenes de alguna mi universidad en Londres

Durante los minutos previos al examen, recibes una serie de instrucciones, bastante confusas, como qué hacer en caso de que quieras ir al baño, qué hacer si se te acaba el papel para escribir, o dónde tuviste que haber puesto tu clave en la hoja de exámenes. En la sala hay, al menos, cinco personas revisando que no copies, que tengas únicamente los materiales autorizados, y que efectivamente seas tú quien debe presentar el examen. Se pasean por los pasillos y te observan, detenidamente, para ver que no tengas algo escrito en tus manos o algún acordeón.

Dos horas tienes para responder todo lo que puedas. En los seis exámenes que presenté el examen tiene dos componentes que lo hacen difícil: son muchas, muchísimas preguntas que requieren casi siempre algún cálculo acompañado de alguna explicación, por lo que tienes que tener todos los temas frescos y en la cabeza, pero lo que en realidad hace difícil el examen es el tiempo. Dado que sólo tienes dos horas para responder el examen, de ninguna manera tienes tiempo para rectificar tus cálculos o para pensar más de unos segundos una respuesta. Son tantas preguntas que en cada una de ellas tienes que decidir rápidamente si eres capaz de llegar a la respuesta o si el costo en tiempo es muy elevado. ¡Qué estresante es ver que hay preguntas que, con sólo unos minutos más, lo podría pensar e incluso resolver, pero que bajo estas condiciones, lo mejor es dejarla en blanco!

¡Les quedan quince minutos! grita uno de los supervisores. Para ese momento, ya deberías de estar casi acabando, aunque en todos los exámenes me pasó que no había ni siquiera acabado de leer el examen. ¡Cinco minutos! gritan de un momento a otro. Si tienes suerte, tienes esos segundos extra para llenar los espacios que fuiste dejando. Si de por si reconozco que mi letra es bastante fea cuando escribo con calma, en esos últimos cinco minutos se vuelve prácticamente ilegible; empiezo a escribir unos mega-garabatos que ocupan casi media página por renglón. Ecuaciones que no tienen sentido, fórmulas falsas y datos inventados cuando escuchas un horrible ¡Plumas abajo! ¡Plumas abajo o están suspendidos!

Esos primeros segundos en los que el examen ya acabó, nos tratan a los estudiantes casi como criminales. El guardia del salón parece miembro de la Gestapo, que grita enérgicamente que todos deben de dejar sus plumas. ¡Plumas abajo! al menos lo repite cinco veces -y es increíble que aún, bajo toda esa presión, hay personas que intentan seguir escribiendo algo, como si ese algo fuera a hacer mucha diferencia. Te recogen tus hojas de examen, y como de servicio militar, te dejan “romper filas”. En algunas ocasiones los exámenes tienen tiempos de duración diferentes, así que no es raro salir y dejar a medio salón aún en condiciones de examen.

Para el primero de mis exámenes, sentía mi corazón palpitar tan veloz como si hubiera corrido una carrera. ¡No acabé! Es imposible que saque 100% de la calificación si no contesté el 100% de las preguntas! Recuerdo que en mis exámenes en México era factible -e incluso frecuente- sacar una calificación perfecta, pero acá de verdad es imposible. ¡Me faltó, al menos, una hora más para acabar ese examen! La escala de calificaciones británica es diferente a la que acostumbramos en México, ya que obtener un 7 de calificación en México es bastante mediocre, y acá 70% de la calificación representa A, es decir, casi excelente.

Como último componente de presión es que en todas mis materias el examen final representa 90% de la calificación final de ese curso, es decir, si repruebas el examen, prácticamente repruebas la materia -y de paso la maestría. Tienes sólo dos horas para demostrar que debes de pasar la maestría, y sin importar si te sientes bien o mal, si se te acabó la pluma o, como casi me pasa, te presentas en un horario diferente, tienes que contestar lo más que puedas para garantizar pasar. Tu esfuerzo de casi un año lo puedes echar por la borda con sólo presentar un mal examen.

Hoy, que presenté lo que podría ser el último examen de mi vida, estoy seguro que la vida del estudiante es de lo más simple: tu principal preocupación es sólo un examen!

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