Entre zorros y arañas, …y algo más

Entre las múltiples mudanzas que he tenido durante el último año, por sólo unos días me tocó vivir en la zona norte de Londres, que es un lugar muy bonito, tiene muchos más parques, bosques y áreas verdes que la zona del centro -que de por sí es una ciudad muy verde. Es una zona muy interesante, y gracias a ello tuve tres experiencias con la vida salvaje de la ciudad.

LOS ZORROS

Una escena bastante común de Londres es ver a algún zorrito en la calle, cerca de los parques, usualmente en la noche. Tal vez no sucede tanto en las zonas más cercanas al centro, pero mientras más lejos te encuentras, más boscosa se vuelve la zona -en especial al norte de la ciudad- y más zorros te encuentras.

Recuerdo que hace un año, cuando por primera vez vi a uno, me acerqué, pues parecen perros chiquitos, se ven hasta tiernos y sonrientes y me imaginaba acariciando al animal, pero fue cuando una amiga me previno “no te acerques que no son amigables y atacan si se sienten invadidos”. A diferencia de casi cualquier gato callejero, que al acercarte ellos se alejan por miedo, los zorros simplemente te contemplan y se quedan congelados esperando a ver lo que haces. Me ha tocado ver que empiezan a mostrarte los colmillos en señal de ataque si te acercas demasiado.

Diario, viviendo en esa parte norte de la ciudad, cuando de noche iba de regreso a mi casa, me encontraba al usual zorrito corriendo entre las calles, y luego a otro y ya medio me había acostumbrado a verlos. Mi última noche en esa zona, yo caminaba a media cuadra de mi casa cuando me apareció uno de esos animales. Me acerqué -era el único camino- y de atrás de un coche salió un segudo zorro. Unos pasos más adelante veo al tercero y luego al cuarto. En custión de segundos estaba rodeado por ocho zorros, los ocho congelados y viéndome fíjamente. A sólo unos cuantos metros estaban estos ocho animales, que al menos por su actitud tan segura respecto a los humanos, me dio la impresión de que me querían atacar. Se me hacen animales muy bonitos y hasta me imagino uno de mascota, pero al ver a estos ocho zorros esperando a ver cuál sería mi siguiente movimiento me enchinó la piel. Fue muy impresionante ver esa vida tan silvestre en las calles de Londres, tan silvestre que me obligó a correr tan rápido como pude lejos de ellos. Le tuve que dar la vuelta a la cuadra y al estar ya en la puerta de mi casa me di cuenta de que los zorros se acercaban a mi. Me temblaba la mano, pero como pude abrí la puerta, la crucé y la azoté atrás de mi.

Zorro en Londres
Zorro en Londres

LAS ARAÑAS

Además de los zorros, en la zona norte de la ciudad abundan las arañas. Las hay de todo tamaño y color y es muy frecuente pasar por lugares y ver lleno de sus telarañas algún letrero, poste o árbol. Algo que además sufrimos las personas que somos muy altas es que nuestra cabeza pasa por lugares por donde a veces no pasa nadie durante días, así que no es raro de pronto sentir los hilos de una telaraña en el pelo, en la frente, en las orejas… realmente me molesta la sensación de pasar cerca de una telaraña, pues inmediatamente me da comezón en todo el cuerpo y durante horas me tengo que rascar por todos lados.

La primera noche que llegué a mi cuarto en esa casa en la zona norte de Londres me encontré varias arañas adentro. Me chocan las mugrosas arañas, pero como pude maté a las que vi y dormí. Al día siguiente tenía en el cuerpo varias mordidas de araña en la espalda y brazos. ¡Malditos bichos!

La segunda noche, con toda conciencia, inspeccioné cada rincón, cada espacio en busca de arañas, y las que fueron apareciendo las maté también. A la mañana siguiente, más mordeduras. Sólo estarás unos días más aquí, me repetía cada vez que amanecía y veía más y más cicatrices en mi cuerpo. Lo platiqué con mis vecinos y ellos se mostraron muy extrañados: “Las arañas de Londres ni pican ni muerden”. ¿Pues quién diablos me deja estas marcas?

El problema es que en esa zona, con sólo abrir mi ventana podía ver varias telarañas en el jardín. Las mato ahorita, pero en un ratito ya habrá más y más. ¡Estamos en un bosque! El jardín de esa casa se conecta con el de todos los vecinos y sigue a un parque y a otro y estoy seguro de que son varias hectáreas de áreas verdes conectadas entre sí y uno de sus extremos es precisamente mi ventana. Eventualmente me di por vencido con las malditas arañas, en especial cuando a sólo unos metros de mi ventana vi una telaraña de más de un metro de diámetro con una araña de más de tres pulgadas entre un extremo y otro de sus patas. Si eso me muerde, pensé, de seguro tendría que ir al hospital.

Los restantes días que dormí en esa casa, intenté sellar las posibles entradas de las arañas a mi cuerpo y con los calcetines metidos en los pantalones de la piyama, con la playera metida en los pantalones, con una sudadera en la cabeza, me aseguba de que al menos les costara trabajo entrar y morderme. El problema es que soy muy hiperactivo, incluso de noche, por lo que mi perfecto diseño de capas amanecía completamente desecho y algunas veces hasta en el piso, y yo, cada día con más mordeduras en el cuerpo.

Telaraña
Telaraña

…Y ALGO MÁS

Mi última noche en esa casa realmente la sufrí. Pensaba en las arañas y que amanecería todo picoteado y hasta consideré no dormir. Me espero hasta el amanecer -pensé- y mañana, luego de mudarme, descanso todo el día. Al día siguiente me mudaría a una casa libre de arañas y sería muy feliz. Cabezeando a altas horas de la madrugada, entre sueños y todo cubierto de capas para evitar las mordeduras de araña, de pronto me quedé viendo una muy particular mancha que había en la pared. Era una mancha chiquitita, como de medio centímetro de diámetro y de color café. No se por qué me llamó la atención, pero la vi fíjamente por unos segundos hasta que de pronto ¡ZAZ! La mancha se mueve.

¿Qué diablos es eso? me levanté rápidamente, prendí la luz y vi que en mi cama había varias de esas criaturas entre las sábanas, en mi almohada, mi cobija. Aplasté a la primera que vi en la pared y descubrí que estaba llena de sangre, ¡de mi sangre!. Resulta que la cama en la que estaba durmiendo estaba completamente invadida de chinches. Y ahora no sólo mi cama está invidida, sino también muchas de mis cosas, inluída la piyama que traía puesta. Qué insectos tan desagradables y asquerosos.

Resulta que al final mis vecinos tenían razón: las arañas de Londres ni pican ni muerden. Pobres insectos que al ser tan horribles les echaba la culpa de todos mis males, cuando en realidad lo único que hacen las arañas es comerse a los bichos más pequeños que ellas, incluídas las chinches.

Al día siguiente mi mudanza se hizo un poco más complicada, pues en lugar de mover cosas y dedicarme a desempacar tuve que pasar algunas horas en una lavandería, lavando a altas temperaturas y con extra carga de jabón cada una de mis prendas y accesorios para asegurar que mi nuevo hogar esté libre de chinches.

Algo más
Algo más

Cuando me iba a mudar a Londres pensé que la ciudad podría ser peligrosa; me imaginaba a algún Hooligan saliendo furioso de algún partido, o a alguna banda de ingleses borrachos, enfadados por lo malos que son en fútbol, pero nunca imaginé que uno de los “peligros” sería su vida salvaje.

2 comments

  1. Esta ha sido tu peor entrada de blog, hablando de arañas y poniendo “Algo más…” como subtítulo haha.

    Lo de los zorros está padre, aquí en el DF a lo más que llegabas era el perro grandote cerca del C4.

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