Nada permanece, todo cambia

La emoción que tengo de regresar a México es indescriptible. Hace tanto tiempo que no estoy por allá que ya es una costumbre el extrañar a mi gente, mis perras y las comodidades que tenía antes de venir a estudiar.
Durante los últimos días, desde que tengo ya mi boleto para viajar, hay una lucha constante entre mi razón y mis sentimientos; entre mi cerebro y mi corazón. Por un lado, mi corazón espera regresar -muy ilusamente- a ese México que dejé hace más de un año. Espero llegar a mi casa y encontrar a mi hermano que me recibe con una cerveza, y ponernos horas a platicar de música, política y cuanto más. Espero ir a cenar con mi mamá y mis abuelas y al día siguiente, despertarme en la madrugada para correr al trabajo. Mi corazón espera regresar a ese lugar que dejé, y que como una fotografía, todo siga intacto. Encontrar en el mismo lugar, a la misma gente. En mi corazón soy yo el que se movió, soy yo el que decidió salir de México y no ellos, así que ellos seguirán igual.
Pero nada permanece, todo cambia. Esa fotografía que tengo en mi cabeza de cómo están las cosas en México es muy diferente a la realidad. La casa en la que espero encontrar a mi hermano, hoy la habitan unos desconocidos. Hoy mi hermano vive en un lugar que sólo he visto en fotografías y además vive con su novia. Ese trabajo por el que me tendría que despertar en la madrugada lo ha hecho otra persona durante casi un año. La Ciudad de México sufrió una gran desbandada en el último año y una gran cantidad de mis más grandes amigos ahora están dispersos en otros lados, desde Torreón y Juriquilla hasta París y Nantes.
Nada permanece, pero el tiempo que no he estado en México no ha transcurrido más que en mi. Esa es la cómica fotografía que tengo en mi cabeza, donde mis seres queridos no envejecen ni maduran. No cambian, eso sólo yo. Pero ya me advirtió un amigo, todo cambia: “te vas a dar cuenta de cuánto tiempo has estado fuera cuando por primera vez veas a tu mamá en el aeropuerto y la veas más vieja -menos joven, que no quiero conflictos navideños- de lo que la recuerdas. Cada arruga nueva en la cara de tu mamá representa un año que has estado sin verla.
Algo muy interesante le ha pasado a mi familia: hemos envejecido. Obviamente todas las familias tienden a envejecer, pero también suelen renovarse y tener bebés y niños, y como un ciclo, los que eran niños ahora son jóvenes, los jóvenes adultos y los adultos tienen bebés. La edad promedio de una familia extendida no debería -en promedio- de aumentar, pero ese proceso de actualización en mi familia aún no ha empezado. El miembro más joven de mi familia pasa de los veinte años y nunca, desde hace más de una década, hay juguetes en el piso o niños corriendo en el jardín de la abuela. Las fiestas familiares son más un intercambio de filosofía, política y anécdotas que una fiesta con ruido y niños corriendo. Los menores de mi familia fuman y beben y vuelven a fumar.
Todo cambia. Vuelvo a México y ya hay embarazos. Ya llega esa nueva generación, y para las próximas décadas, nos habituaremos a reuniones familiares con niños haciendo travesuras, siendo constantemente vigilados y la vida de algunos -sólo algunos- adultos girando en torno a la vida de esos niños.
Nada permanece y por ahora regresaré a una ciudad que ni siquiera es ya mi casa. Fue raro ayer que terminaba de empacar pensar en algunos detalles como el shampoo que llevo o si habrá secadora de pelos. En teoría voy a “mi casa” y voy “de regreso” a México, pero por unas semanas no dormiré en mi incómoda cama de Londres ni batallaré con el molesto sistema de calefacción. Es más, hasta ahora que escribo este post caigo en cuenta de que en México no usamos calefacción, que el Metro es barato, terrible e ineficiente y que la comida es rica y barata.
Todo cambia y me doy cuenta de que mi lugar está en Londres. Mi casa está en aquél lado y sólo estaré de visita por unas semanas en México. Seré un visitante, un foráneo, un intruso o un turista en mi Ciudad.
Pero nada permanece. Aún recuerdo la emoción que tenía la primera vez que visité París -y Europa, aunque Europa se resume en mi versión de París- y pensaba que no habría mejores vacaciones para un joven veinteañero que beberse unas champañas en la torre Eiffel. Recuerdo ir en el largo vuelo entre París y el DF y pensar lo increíble que Francia sería. Pues ahora mi emoción es mucho mayor y regresar al DF, aunque sea sólo unos días y como turista, es una de las mejores emociones que me puedo imaginar. Todo cambia y hoy, si pudiera escoger cualquier otro lugar de la Tierra para pasar estas vacaciones, escogería mi ciudad. Todo cambia y ni las maravillosas construcciones de Nueva York, los palacios de París, las playas de Río o las locuras de Tokyo me parecen tan atractivas como la idea de sentarme una tarde a tocar piano con mi abuela, disfrutar de las famosas papas de mi mamá, discutir con mi jefe sobre la -muy fallida- izquierda de México o sentarme horas con mi hermano a hablar de nada y de todo a la vez. Nada permanece y hoy las mejores vacaciones que podría pensar e imaginar empiezan con un fuerte abrazo de mi mamá y mi hermano en el aeropuerto.
Nada permanece, todo cambia, pero de alguna manera ese lugar al que llego como visitante y como turista es mi hogar.

2 comments

  1. no habia tenido oportunida de leer tu relato de lo que imaginas seria tu regreso, y mis ojos se humedecieron, no imagino, una ausencia tan larga de los mios, pero ahora que ya estas aki………saludos, besos abrazos

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