Sus mugrosas galletas

Como cada semana, me toca llevar un paquete de galletas a una reunión que tengo en la tarde. Los asistentes son casi todos británicos y llegan muy puntuales a la reunión, con su taza de té, esperando ansiosos el azúcar de las galletas que llevo.

Cada semana, me detengo unos minutos en la tienda de la esquina y elijo, de una enorme variedad de galletas y similares, algún paquete que sea suficiente para los doce asistentes a la junta. Usualmente, un único paquete en el que gasto una única libra es suficiente y todos quedan satisfechos, felices y contentos. Al terminar la reunión, responden con un muy efusivo “biscuits… not too bad”. Ingleses. 

Para agregarle un poco de variedad a los grises días del invierno, cada semana intento una marca diferente de galletas: las cubiertas con chocolate, las de caramelo, las de chispas de chocolate, las de vainilla o las más simples galletas de masa. Con una taza de té, ellos parecen disfrutar cualquier bocadillo.

Para la reunión de la semana pasada y como yo estaba de muy buen humor, decidí ir un poco más allá. Estando en la tienda, en lugar de gastar la tradicional libra en el usual paquete, escogí unos pastelillos mucho más sofisticados, envueltos individualmente y cubiertos de chocolate que a mi me parecen fantásticos. Los chocolates de Cadbury son un verdadero placer. Gasté mucho más dinero. En lugar de una libra de galletas, la semana pasada pagué el doble por nuestra golosina.

No había iniciado la junta, y uno de ellos me preguntó discretamente si había llevado galletas a la reunión. No, traigo algo mucho mejor que galletas, respondí.

Saqué los suculentos bocadillos del empaque y de los ofrecí a cada uno de los asistentes. Si esta semana gasté el doble en las galletas, deben de ser el doble de felices con este producto… o al menos igual de felices.

¿Algo mejor que galletas? Me miraron con una cara de desaprobación, cual si hubiera insultado a la mismísima Reina. Se voltearon a ver unos a otros. Unos murmuraban algo, otros simplemente mostraron su molestia y desprecio a los bocadillos que les llevé batiendo las manos y con gestos de extremo rechazo. 

¿Algo mejor que galletas? Realmente estaban decepcionados del postre que les llevé, pero más de mi atrevimiento de decirles que había en este mundo algo mejor que sus mugres galletas. 

Uno de los compañeros se acercó, me rechazó el panecillo que amablemente yo le estaba ofreciendo y con una mueca de algo entre enojo y tristeza me dijo, muy seriamente “Rafael, always go for the biscuits”. Esa semana dedicamos los primeros minutos de la junta a discutir cuáles son las mejores y peores galletas y la mejor forma de comerlas.

Para la reunión de esta semana ya les compré sus mugres galletas, y ahora gasté sólo 70 centavos en las más aburridas galletas que me encontré en la tienda. 



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